EL PATRÓN SECRETO

16.07.2021

Después de acercarme al libro de las Lamentaciones, he descubierto que la reacción humana ante el sufrimiento y la desgracia puede ser la puerta que nos lleva a entonar una nueva melodía de gracia en nuestra vida.

Yo soy el hombre que ha conocido el sufrimiento bajo la vara de su cólera; me ha conducido y llevado a la tiniebla y no a la luz; contra mí ha vuelto sin parar su mano todo el día. Ha consumido mi carne y mi piel, ha quebrado mis huesos; ha levantado un cerco y me ha rodeado de veneno y pesadumbre; me ha confinado en las tinieblas, como a los muertos de antaño. Me ha tapiado y no puedo salir, me ha cargado con pesadas cadenas; aunque grito y pido socorro, cierra sus oídos a mi súplica; ha cerrado mis caminos con sillares, ha retorcido mis sendas. Ha sido para mí un oso al acecho, un león entre escondrijos; ha desbaratado mis caminos para despedazarme, me ha dejado desolado; ha disparado su arco y me ha hecho blanco de sus saetas. Me ha clavado en los riñones las flechas de su aljaba; soy la burla de todo mi pueblo, su copla todo el día; me ha colmado de amarguras, me ha saciado de ajenjo. Me ha roto los dientes con piedras, me ha aplastado en el polvo; he perdido la paz, me he olvidado de la dicha; me dije: «Ha sucumbido mi esplendor y mi esperanza en el Señor». Recordar mi aflicción y mi vida errante es ajenjo y veneno; no dejo de pensar en ello, estoy desolado; hay algo que traigo a la memoria, por eso esperaré: Que no se agota la bondad del Señor, no se acaba su misericordia; se renuevan cada mañana, ¡qué grande es tu fidelidad!; me digo: «¡Mi lote es el Señor, por eso esperaré en él!». (Lm 3,1-24)

¿Te has sentido en alguna ocasión olvidado por Dios? ¿Has experimentado el silencio de Dios y la noche oscura que parece no terminar nunca? ¿Estás pasando por uno de esos momentos desconocidos e inciertos en los que la paz parece alejarse más y más?

Este último tiempo me ha tocado atravesar estas cañadas oscuras, como afirma el salmista; sin embargo, cuando meditaba en el tercer capítulo del libro de las Lamentaciones descubrí algo que cambió mi perspectiva por completo: no importa cuánto ni cómo te has lamentado por tu situación porque es algo que forma parte de nuestra condición humana, ya que lo realmente importante y decisivo se encuentra en el fruto posterior...

Recordar mi aflicción y mi vida errante es ajenjo y veneno; no dejo de pensar en ello, estoy desolado; hay algo que traigo a la memoria, por eso esperaré: Que no se agota la bondad del Señor, no se acaba su misericordia; se renuevan cada mañana, ¡qué grande es tu fidelidad!; me digo: «¡Mi lote es el Señor, por eso esperaré en él!». (Lm 3,19-24)

Si eres capaz de perseverar, de seguir confiando en el amor de Dios y de no dudar nunca de su gran fidelidad a pesar de todos los pesares, vas a salir fortalecido y con la profunda convicción de que solo Dios basta. Lo más salvaje que puedes hacer como cristiano en esta situación es seguir adorando a Dios y permanecer en la presencia de Cristo, pase lo que pase y venga lo que venga.

Cuando hacemos esto, el Espíritu Santo no deja de susurrar en nuestro espíritu una de las verdades que impulsa nuestra vida de fe a un nuevo nivel: "sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien; a los cuales ha llamado conforme a su designio" (Rom 8,28).

Me encanta el capítulo seis del libro de Daniel por su relación con todo esto. Daniel ha demostrado su lealtad, ha sido fiel en lo poco y es por eso que su vida recibe un impulso importante. En el destierro de Babilonia, Daniel prosperó en el reino de Darío cuando fue nombrado como uno de los tres ministros de todo el reino.

Esto provoca oposición y una resistencia injusta contra Daniel que pretende alejarlo de Dios. Sin embargo, Daniel no es alguien que baje los brazos a la primera de cambio y persevera a pesar de las dificultades. Esta persistencia visible le lleva al foso de los leones, donde experimenta el fracaso aparente de haber tocado fondo, pero es capaz de salir adelante con un carácter probado que produce en su vida un mayor impulso.

A pesar del rugido de los leones, Daniel no se aparta de la presencia de Dios y solo de esta manera su vida produce fruto abundante. Como ha sido fiel en lo poco recibe una promoción mayor que al inicio, llegando a prosperar en el reino de Darío y en el de Ciro el persa. Además, por si esto fuera poco, el rey Darío termina reconociendo al Dios de Daniel.

La historia de Daniel nos está regalando un patrón que los cristianos de hoy necesitamos conocer sí o sí, ya que es el mismo patrón que vemos en la vida de Jesús y que representa nuestro modelo a seguir:

  • Fidelidad en lo cotidiano
  • Impulso y promoción sobrenatural
  • Oposición y resistencia injusta
  • Perseverancia y persistencia visible
  • Fracaso aparente (tocar fondo)
  • Carácter probado
  • Mayor impulso y promoción

Jesús se pasó sus primeros treinta años en la fidelidad de una vida oculta y sencilla. Al comenzar su ministerio público, le acompañaron los signos del Reino de Dios que le impulsaron y revelaron su identidad. No tardó en recibir oposición y experimentar la resistencia injusta; sin embargo, se mantuvo fiel y perseveró en su misión hasta el final.

El fracaso aparente llegó cuando fue crucificado, tocando fondo al morir y descender al lugar de los muertos. Aquí se escuchó el rugido de los leones, cuando el diablo pensó que al fin le había vencido. El carácter de Jesús fue puesto a prueba en la cruz cuando pronunció aquellas palabras del Salmo 22: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mt 27,46). Sin embargo, su resurrección y la venida del Espíritu Santo significaron el impulso definitivo hacia la victoria final.

Cuando descubres este patrón en tu vida cristiana todo es más sencillo. Tu mirada no se apartará de Cristo a pesar del rugido de los leones y tu existencia llevará fruto abundante para la salvación del mundo. Personalmente, ahora que conozco este patrón puedo afirmar que solo Dios basta en medio de cualquier situación o circunstancia que pueda atravesar en mi vida.

El patrón secreto nos impulsa a que hagamos nuestras las mismas palabras del apóstol Pablo:

Después de esto, ¿qué diremos? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, que murió, más todavía, resucitó y está a la derecha de Dios y que además intercede por nosotros? ¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?; como está escrito: Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza. Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor. (Rom 8,31-39)


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